12 de Marzo de 2013

Cuando te estableces en una relación en donde comienzas a compartir la vida cotidiana, poco a poco vas cayendo en un poderoso espejismo: la creencia de que ya conoces a tu pareja.
Este espejismo ciertamente se alimenta de colaborar en rutinas y actividades diarias. Sin embargo, hay una fuerza más poderosa y menos consciente que lo sostiene y refuerza: tu necesidad emocional de seguridad y permanencia.
Cuando una relación se vuelve significativa para ti, muy pronto notarás que emergen tus necesidades emocionales de seguridad y permanencia, es decir, quieres que esto que es bueno perdure, que también esté para ti el día de mañana…
En esa proporción, tu miedo a perder la presencia y/o el amor de la persona elegida también se incrementa.
Casi sin darte cuenta, creas una visión y una experiencia de la relación que la acerquen al contexto de lo familiar y conocido: de aquello que alimente tu necesidad de certeza.
Poco a poco, vas reduciendo la complejidad que en realidad es la otra persona a aquellos rasgos y comportamientos que se ajustan a tu visión de seguridad.
Así es como terminamos viendo lo que queremos ver, y acabas encasillándote y encasillando a la otra persona en una visión de identidad fija, ya conocida, en donde las chispas de novedad y movimiento, siempre presentes, comienzan a ser desatendidas, ignoradas o incluso combatidas.
No resulta sorprendente entonces que la polaridad de pasión y novedad se vaya marchitando en este proceso.
Pero, ¿En realidad conoces a tu pareja tan bien cómo crees?
¿Ya no es posible descubrir un poco de misterio en ti y en él/ella?
El misterio, lo novedoso, no implica necesariamente viajar a nuevos lugares, ni comprar disfraces exóticos, o practicar experiencias extremas, sino aprender a ver el mismo paisaje con nuevos ojos…