7 de Enero de 2014

Mi hermana levanto su copa y expresó en tono solemne:
“Quiero agradecer el que estemos todos aquí reunidos, en torno a esta mesa el día de hoy. Quiero agradecer a Dios por la salud, la prosperidad y el amor que tuvimos a lo largo de este 2013”.
Hizo una pausa y continuo…
“Y por las bendiciones que nos depara el 2014 que ya toca a la puerta…”
Estábamos por comenzar la cena de Año Nuevo y todos alrededor de la mesa guardamos un momento de silencio para sentir el efecto de sus palabras.
¿Por qué era diferente esta cena de muchas otras que tuvimos durante el año?
Además del apetitoso bacalao (uno de mis platos favoritos) y el elegante arreglo de la mesa, estaba este momento de reflexión convocado por mi hermana que daba solemnidad, profundidad e intención al momento.
De una manera simple –y quizás un tanto improvisada- estábamos participando de un ritual.
El poder del ritual es profundo y poco apreciado.
En estos tiempos en donde el tiempo es dinero ¿quién tiene la paciencia para hacer una pausa y honrar una actividad, ya sea antes o después de hacerla?
Sin embrago, deberíamos.
Desde hace milenios, las religiones entienden y aprovechan el poder del ritual. Toda religión que conozco tiene prácticas rituales para hacer de nuestra experiencia del mundo algo más profundo, significativo y trascendente.
Pero los rituales no tienen que ser religiosos, la esencia del ritual es ayudarnos a enfocar la atención y centrar nuestra intención.
 
Te invitan a parar por un momento y darte cuenta de lo que estás a punto de hacer, lo que acabas de hacer, o ambos.
Están para ayudarte a sacar el máximo partido de un momento particular. Y eso es algo que podrías utilizar más en tu vida cotidiana…
La práctica de los rituales puede traer beneficios a tu vida. En los próximos boletines te voy a platicar cómo sacarles el mayor provecho posible.