Como cualquier niño de primaria sabe, Cristóbal Colón navegó el “infinito” azul del océano para descubrir América en 1492.

Lo que no todos saben, es que Colón hizo tres viajes más.

En el último, en 1502, tuvo serios problemas: Los gusanos habían dejado sus barcos inservibles. Colón y su tripulación se quedaron varados en la isla hoy conocida como Jamaica.

Al principio, los nativos fueron complacientes, y les ofrecieron comida y refugio a los españoles.

Pero los huéspedes pronto se aprovecharon de la hospitalidad. Comenzaron a robar y a realizar abusos.

A los pocos meses la relación terminó totalmente fracturada. Los indígenas americanos se negaron a seguir ayudando a sus “visitantes”.

Frente a la amenaza de no poder sobrevivir por sus propios medios, Colón tuvo una idea. Entre sus pertenencias llevaba un libro, escrito por un astrónomo alemán, en donde se describía con precisión las fechas y horarios de los eclipses lunares.

La suerte estaba de su lado: en esos días ocurriría el próximo eclipse.

Así que el navegante genovés le dijo a los lugareños que su conducta había enfadado a su Dios. La luna, les advirtió, desaparecería del cielo como prueba del enojo divino.

Y tal como lo predijo, esa noche la luna casi desapareció por completo detrás de la sombra de la Tierra.

Por supuesto, los nativos no conocían esta información y, como Colón esperaba, reaccionaron asustados.

Inmediatamente corrieron a pedirle perdón y a implorar que restaurara su luna.

Después de unas horas, cuando el eclipse había alcanzado su totalidad, Colón se presentó frente a ellos para anunciar que su Dios, en respuesta a su arrepentimiento, restauraría gradualmente el brillo normal de la luna.

En agradecimiento (pero sobretodo por miedo), los nativos comenzaron nuevamente a ayudar a los europeos.

Unos meses más tarde, en junio de 1504, un barco español vino en busca de Colón y sus hombres. Los encontraron bien atendidos: gozando de buena salud y perfectamente alimentados. Así los trajeron de regreso a casa.

Si los naturales de la isla hubiesen tenido conocimiento del fenómeno del eclipse, puedes apostar a que su reacción hubiese sido diferente.

Lo mismo pasa contigo cuando tienes conocimiento (o no) de una realidad. Cuando eres consciente (o no) de si tienes frente a ti un peligro auténtico o más bien el “Abismo de tu ilusión” te está jugando una “mala pasada”.

En cierto sentido, todos somos “aborígenes jamaiquinos”. Todos tenemos en algún aspecto de nuestra personalidad este “Abismo de la ilusión”.

Esta imagen de amenaza, de visión catastrófica que no es real, pero que bajo los ojos de nuestra percepción y nuestras creencias parece la verdad misma.

Solo a través de hacer conscientes las creencias que alimentan este espejismo y gradualmente, cuestionándolo y descubriendo su irrealidad, la amenaza se irá disolviendo.

Nunca podrás descubrir la irrealidad de tu creencia limitante si no te atreves a confrontarla y a caminar a través de ella… a atravesarla.

El abismo de tu ilusión sólo puede disolverse si te permites “caer en él”.

Tu creencia limitante, tu visión catastrófica, tu “castigo divino”, no va a desaparecer por sí mismo.

Sólo se disuelve a través de hacerla consciente… confrontarla… y ponerla a prueba en la realidad.

Sólo así te darás cuenta de que en las actuales circunstancias de tu vida, y con los recursos que tu ser adulto tiene, en realidad la amenaza no es tan grave. Y que tu miedo y tu ansiedad se alimentaban de una ilusión.

No me refiero aquí a renunciar a algo que verdaderamente necesitas, o a dejar de protegerte de amenazas reales.

Hablo de esos temores existenciales, de esa ansiedad y miedo que se cuelan en tu vida cotidiana y que no comprendes fácilmente:

… la amenaza de cuando alguien te critica…

… el susto a que descubran que no eres perfecto…

… ese sutil miedo a que se den cuenta que necesitas afecto…

Esos son los fantasmas sustentados en tus creencias limitantes.

Por eso, el siguiente paso es comenzar a confrontarlos en tu realidad.

Esto implica comenzar a actuar y a ponerte a prueba en la vida.

Entre más inconscientes son tus creencias limitantes, más poder tiene el “Abismo de tu ilusión” sobre tus reacciones y comportamientos.

Entre más son reveladas a la luz de tu conciencia, más posibilidad tienes de transformarlas.

Y, quién sabe, tal vez ya es hora de que dejes de servir a esas creencias demandantes y desagradecidas que te tienen dominado por miedo.

Hasta pronto.
Jorge Galindo
Director CÓRPORE
www.corporal.com.mx
 

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