9 de Abril de 2013

Toma cualquier revista femenina o de espectáculos. No importa cuál, siempre verás una columna donde el público le hace preguntas a un “experto” sobre temas de sexualidad.
Nota algo: que todas las preguntas pueden asociarse en dos grandes rubros:
+ Las primeras están relacionadas con cuestiones de habilidad o técnica. Son variantes de la versión: “¿Cómo hago para que…?”
+ El segundo tipo de preguntas pueden agruparse bajo la inquietud: “¿Es normal que yo…?”
Las respuestas al primer grupo parecen sacadas de un libro de recetas: “prueba este lubricante”, “ponte en esta posición”, “sigue estos pasos…”.
Pero en realidad son las preguntas del segundo grupo (las del tipo “¿Es normal que yo…?”) las que más llaman mi atención. Expresan una inseguridad muy profunda (a veces desesperación), por vernos dentro del Mito de la Normalidad.
“¿Es normal que me guste más el sexo oral que el coito?”
“¿Es normal que prefiera un masaje erótico a besarnos?”
Retomando la metáfora de la comida que vimos en el boletín anterior, es como preguntar: “¿Es normal que me guste más el pescado que la carne roja?”
Si me lo preguntas, te respondería: es normal para ti, aunque haya mucha gente que prefiera la otra opción.
En realidad no es problema que prefieras una comida u otra… esta diferencia sólo se convierte en un tema cuando quieres compartir con alguien más tu preferencia (recuerda sustituir la palabra “comer” por “tener sexo”).
En lo que respecta a Ti y a tus preferencias, la realidad es que el rango de tu expresión sexual es más basto de lo que puede comprender la utopía  de la normalidad.
El problema con la llamada “normalidad” es que sólo te deja una rebanada muy estrecha del pastel, que te dice que sólo debes preferir cierto tipo de opciones de comida… y que sólo hay ciertas formas para comerla.