27 de Agosto de 2013

Vivimos en una sociedad que está cambiando vertiginosamente.
Cada vez más las oportunidades y alternativas (de sobrevivencia, progreso, creación, etc.) involucran colaborar con gente, aprender a confiar en la gente. Simplemente porque reconocemos que los retos son demasiado grandes y/o que la mejor alternativa es ayudarnos en las transiciones que vivimos.
No obstante los innegables beneficios de la colaboración, solemos resistirnos a ella; cuidamos mucho nuestra pertenencia a un grupo o a una comunidad.
No era arisca la perra…pero…la mayoría de nosotros sufrimos heridas tempranas en el contexto de un grupo: nuestra familia. Aprendimos pronto a defendernos y a desconfiar de nuestras relaciones.
En nuestra historia tenemos experiencias en donde los grupos comprometieron nuestra integridad, independencia y libertad. No es de sorprender que donde vemos grupos, también proyectemos nuestros viejos fantasmas de lo que significó la pertenencia…
Miedo a perderte a ti mismo, a ser usado, a sentirte comprometido o terminar resentido…
¿Cómo equilibrar tu necesidad individual con el grupo?
¿Qué significa el poder navegar juntos?
Sin duda, el primer reto es mantener quien eres y aprender a ser un miembro funcional de algo mayor a ti: el grupo.
Aprender que, aun dentro de un grupo, tú sigues siendo responsable de tu propia integridad.
Que tu necesidad de afirmación y expresión es justamente el fundamento para crear una conexión profunda con otros.
Que fue imprescindible primero ganar tu individualidad, para luego poder regresar al grupo, y a este colectivo que llamamos humanidad.
Evolucionar hacia lo mejor de ti mismo implica comprender que tienes una naturaleza social, que eres un ser que necesita de otros.