1 de Abril de 2014

La proximidad de la Semana Santa despierta en mí, reacciones un tanto polares.
Por un lado, las apetecidas y necesarias vacaciones. Un poco menos sabrosas si decido viajar (no soy fan de las multitudes), pero no por eso desmerecen en la oportunidad que me dan para el descanso.
Por el otro, la experiencia y reflexión con lo que la Semana Santa en sí representa: la agonía y muerte de Jesús el Cristo.
La religión como institución, para mí -como quizá para ti- ha representado un tema controvertido. Me vi marcado en mi infancia por una influencia religiosa (ya lo comenté en otro boletín) de la Puebla devota y conservadora de principios de los sesentas.
En esos años, la Semana Santa era un tiempo para enfocarse en el arrepentimiento de los pecados, la “mortificación de la carne” (así le llamaban al acoso culposo de todos los deseos físicos)… y un poco en el espanto.
Imagina el sobresalto de un niño de 7 años que observa consternado las imágenes sangrientas del calvario de Jesucristo. Martirio que, con mortificación se me decía, había soportado para redimir MIS pecados.
Aunque a  los 7 años… ¿qué pecados podía estar cometiendo?
Mi gusto por las vacaciones, en líneas generales se ha mantenido inalterable, es decir, procuro disfrutarlas todo lo que puedo. Es esta otra dimensión de la Semana Santa -la religiosa/espiritual- la que ha tenido para mi la mayor transformación.
Ha evolucionado desde el enfoque en los horrores del suplicio (con su consiguiente cuota de miedo y culpa), a cuestionarme que es lo que Jesús el Cristo puede mostrar/enseñarnos con su proceso de agonía y muerte.
(No voy a enfocarme en el rigor histórico, sino en el simbolismo implícito en las narrativas que conocemos).