17 de Diciembre de 2013

¡¡Rodrigo, Valentina!!– grité a mis nietos mientras se precipitaban trepando por los juegos del parque.
No suban hasta arriba, ¡se pueden caer! – añadí con una seguridad que ahora me parece temeraria.
No obstante mi advertencia, un par de minutos después me encontré lidiando con Rodrigo en un inevitable conflicto de voluntades. La disputa la resolví tomándolo en vilo, alzando la voz y bajándolo bruscamente a tierra.
¿La resolví?
No faltarán adultos que estarán de acuerdo conmigo en la importancia de prevenir un accidente y que poner límites en sí mismo no es necesariamente malo pero…
¿Fue la manera adecuada?
La autoestima y la autoaceptación infantil  son un proceso psicológico-emocional muy delicado,  que construye sus cimientos entre el año y medio y los tres años de vida.
Un proceso que se alimenta de los mensajes que damos a los pequeños, particularmente nuestros mensajes implícitos. Esto es, la manera como los tratamos, las innumerables formas como les transmitimos que los respetamos y validamos… o NO.
A través de este tipo de experiencias en tu infancia, aprendiste que algunas partes de ti mismo no eran aceptables, que incluso parecían dañinas, esas partes de ti que no fueron bienvenidas en tu entorno, que no sintonizaban con las “reglas del juego”.
Así se plantó la semilla de tus sentimientos de inadecuación y autorechazo. A través de este tipo de interacciones concluiste que lo “mejor” era ignorar, negar, o rechazar ciertas partes de ti mismo.
Imagina por un momento como sería tu vida si estuvieras libre de la angustia por tu “imperfección”, sin ansiedad por expresarte como eres, aceptándote a ti mismo tal cual, con este cuerpo, con esta apariencia, con estos comportamientos…

Esta Navidad Rodrigo y Valentina nuevamente estarán de visita en mi casa. No tengo duda de que seguiré cuidando su seguridad física, pero ahora tendré más cuidado  con su integridad emocional…