19 de Marzo de 2013

Con el amor quieres acercarte a tu ser amado, quieres conocerlo, reducir la distancia, neutralizar las tensiones…

Con el deseo buscas lo novedoso, lo diferente. Así como el fuego necesita aire para alimentarse, el deseo busca espacio…
Por eso, la buena intimidad no garantiza necesariamente un buen sexo.
Cuando inicias una relación comúnmente vives el polo de la pasión y la intensidad. Si te preguntan ¿cómo te sientes?, la respuesta suele ser: «enamorado». Estás viviendo las fuerzas de Eros activas en tu sistema y sientes un influjo de vitalidad y apertura que resulta muy atractivo.
Cuando la necesidad de permanencia y seguridad crece dentro de tu relación (y como hemos visto, éste es un proceso «normal»), cuando el otro comienza a importarte más y sientes que hay «más en juego», de igual forma van creciendo los esfuerzos no tan conscientes para controlar y/o restringir lo que crees que puede amenazar esa seguridad y permanencia, como:
+ La Expresión de emociones que son difíciles de manejar para ti o para la otra persona.
+ Aspectos de tu sensibilidad que crees te ponen en «desventaja».
+ Mostrar cuanto lo (la) necesitas (nuevamente el fantasma de sentirte en «desventaja»).
+ Gustos e inclinaciones personales que pueden generar tensión o conflicto.
+ Las «pequeñas» cosas que te lastiman.
A estas alturas en el póker de la relación, es común que seguridad termine matando pasión.
Pero como afirmaba en el boletín anterior, en parte esto se alimenta de un espejismo.
La realidad es que tanto tú como tu pareja han seguido evolucionando… ya no son los mismos que se conocieron aquella primera vez.
La diferencia es que ya no se comunican estos cambios; en aras de cuidar la armonía, la estabilidad y la permanencia de la relación.
Detrás de una relación que se marchita, hay un costal de secretos no comunicados…