16 diciembre 2014

Cuando era pequeño y entraba a un cuarto obscuro solía asustarme.
Era común que me desesperara buscando cómo encender la luz. No faltaron las veces que en medio de esa prisa termine golpeándome.
Hoy día, aunque la obscuridad a veces me resulta incomoda, sé que es más sabio detenerme y permitir que mis ojos se acostumbren a ella.
Así, poco a poco, voy ganando terreno, mi percepción se hace mas sutil, y termino viendo opciones donde antes sólo percibía penumbras.
Lo mismo te puede estar pasando en estos tiempos difíciles.
Aunque el enojo y la indignación parecen abundantes estos días, el otro invitado que está muy presente es el miedo.
No debería sorprendernos. Frente a la inseguridad, la amenaza de caos, en fin, frente a la coyuntura política mas difícil de nuestra historia reciente, la respuesta orgánica y natural también es el miedo.
Sin embargo, el problema NO es que tengas miedo.
De hecho, cuando vives tu miedo conscientemente, resulta un gran aliado. Un guía oportuno que está intentando darte pistas.
El miedo es una respuesta vital que te ayuda frente a la vida.
Si conscientemente necesitas protegerte, darte un periodo de pausa, o participar de maneras menos activas: estás en tu derecho de cuidarte.
En contraste, cuando no quieres ver lo que pasa a tu alrededor, cuando te descubres intentando distraerte o, evitando conocer o saber, sospecho que en el fondo te está gobernando el miedo.
Un miedo no consciente, un miedo al que te da miedo ver de frente.
El problema con los miedos subterráneos es que no desaparecen, sólo se van infiltrando en tus entrañas para reaparecer con una máscara: desconfianza, ansiedad, aislamiento…todas ellas reacciones que en nada mejoran tu necesidad legitima de seguridad.
El miedo se expresa de formas menos claras que el enojo. Por eso, muchas veces detrás de la rabia impotente y el enojo destructivo, lo que realmente hay es miedo.
El miedo inconsciente irrumpe como intolerancia, fanatismo y las formas más extremas de violencia. También esta detrás de las manos de los gatilleros y de la falta de voluntad y “sordera” de los políticos.
En el enfoque psicocorporal vemos al enojo y al miedo funcionar como antagónicos complementarios.
El miedo implica un movimiento energético y muscular de contracción y retirada, cuya otra cara es el movimiento expansivo y activo de la agresión.
Si no tienes una relación sana con tu emoción de miedo, es muy probable que tu emoción de enojo esté también en desequilibrio (o viceversa).
En este espíritu navideño que comienza a invadirnos, a mí me da por orar. Para terminar, déjame compartir contigo esta plegaria de Rabindranath Tagore:
Permíteme no orar para ser cobijado de los peligros, sino para poder ver mi miedo de frente…
… Permíteme no rogar porque mi dolor se aquiete, sino porque mi corazón pueda conquistarlo…
… No dejes que busque aliados en el campo de batalla de la vida, permite que encuentre mi propia fuerza…
… No dejes que ruegue con miedo para estar a salvo, sino con esperanza y paciencia para ganar mi libertad…
… Concédeme que no sea un cobarde sintiendo tu misericordia solo para mí;
y permíteme tomar tu mano en mi momento de fracaso…