19 de agosto 2014

Un samurái estaba intranquilo, hace días lo consumía una inquietud.
Buscando una respuesta, visitó a un viejo maestro y sin más preámbulo le preguntó:
«Dime anciano, ¿qué sabes de la naturaleza del cielo y el infierno?»
Tras una pausa reflexiva, el viejo sabio contestó:
 «¿Por qué debo revelarle a un desaliñado, repugnante y miserable como tú algo tan profundo?»
El samurái reaccionó sorprendido. Tratando de guardar la compostura replicó:
“Detente anciano, por menos de eso he hecho rodar cabezas…”
Pero el viejo, lejos de detenerse, siguió adelante con sus improperios:
«Miserable gusano, ¿crees que debo decirte algo? No sé qué es mayor, si tu ignorancia o tu peste…”
Consumido por la rabia, el guerrero desenvainó su espada, y estaba a punto de cortar la cabeza del anciano cuando éste, con un ademán severo, le grito:
«¡Eso es el infierno!»
El guerrero, que era una persona sensible, al instante se dio cuenta: él había creado su propio infierno.
Pudo ver cómo por un momento estuvo consumido por un espacio negro y caliente, lleno de odio, ira y resentimiento. A tal grado, que estuvo a punto de matar a este hombre.
Ante este reconocimiento las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos, y uniendo sus manos en un gesto de profundo agradecimiento se inclino ante el sabio.
 «Y eso es el cielo”, remató éste con suavidad.
Ciertamente, no necesitas pasar a “mejor vida” para conocer el cielo y el inferno.
Un espacio dónde experimentas tus “infiernos” con más frecuencia, es en relación a las experiencias que no quieres ver… que no quieres vivir.
Esas experiencias que intentas dejar en la inconciencia, en la “Sombra”.
En el próximo boletín exploraremos -y llevaremos alguna luz- a esa dimensión oscura de tu conciencia: la “Sombra”.