Dos trabajadores de la construcción estaban sentados, lado a lado, en una viga a punto de comer su almuerzo.

Uno abre su lonchera y grita con frustración: -!!!No puedo soportar más este sándwich de queso; otra vez, un sándwich de queso!!!

El otro tipo dice: -Si no lo soportas, entonces, ¿por qué no le pides a tu esposa que te haga algo diferente?

El primer compañero se queda en silencio. Después de un momento responde cabizbajo: -Es que yo me hago mi propio almuerzo.

Esta broma encierra una reflexión.

¿Qué pasa si te digo que buena parte del sufrimiento que vives tú mismo lo creas?

En Córpore decimos que el primer paso hacia el cambio, es darte cuenta.

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Comúnmente evitas lo que temes, y temes lo que no comprendes.

Por eso, entender cómo tú mismo colaboras para crear estas experiencias de sufrimiento, es el primer paso para ganar manejo sobre ellas, el primer paso hacia el cambio.

Una de las dificultades que solemos tener en el manejo de la ansiedad, el miedo y cualquier otra emoción “difícil”, es que pareciera como si se tratara de una energía que nos invade. Algo que simplemente nos ocurre… como si no tuviéramos nada que ver con ella.

Desde esta perspectiva puedes perder de vista que es la interacción entre tu mente y tu cuerpo la que crea estas reacciones.

Muchas veces te sientes “atacado” por ellas sin darte cuenta cómo iniciaste [o, al menos participaste] en su creación.

Pero, ¿cómo es que participas en ella?

Este proceso de tu cuerpo-mente puede iniciar en cualquiera de los dos extremos.

Por ejemplo, quizá sólo unos instantes antes de empezar a sentir en tu cuerpo la sensación de una emoción «difícil», sin darte cuenta, pensaste en un tema que es conflictivo para ti, o en el encuentro con una persona o una situación que te amenazan.

Algunas veces sólo basta tener una imagen, un pensamiento fugaz, para desencadenar en tu cuerpo la sensación que terminas viviendo como una emoción (ansiedad, miedo, enojo, etc.). En este caso, comenzó desde tu mente.

Y con facilidad este proceso se hace un círculo vicioso. Comienzas a sentir la sensación de ansiedad, tu nerviosismo, ese nudo en la boca del estómago o la opresión en el pecho. Y eso activa más pensamientos de preocupación.

Sin darte cuenta, acabas de poner en marcha la bola de nieve de tu sufrimiento.

O sucede un evento en tu realidad inmediata: estuviste a punto de chocar, o te dan una mala noticia en casa, en el trabajo, etc.

Cuando ocurre algo que percibes que pone en peligro tu seguridad, la parte más básica de tu cerebro, el llamado cerebro reptiliano, desencadena una reacción fisiológica que sientes en el cuerpo.

Aparece la sensación de miedo o enojo.

La sola percepción de estas sensaciones puede propiciar que tu imaginación comience a proyectar más visiones amenazantes… la bola de nieve se echó a andar. Ahora inició desde tu cuerpo.

Esta es la dinámica más básica, pero no la única, que genera la experiencia de terminar sintiéndote atrapado en emociones poderosas, que te desgastan y hacen sufrir.

La buena noticia es que si tú las creas, tú también tienes la capacidad de manejar su efecto…
… y en última instancia, incluso de modificarlas.