Mark Twain, ya cerca del final de sus días, escribió:

“Ya soy un hombre viejo.
He vivido una difícil y larga vida,
llena de situaciones desafortunadas y sufrimientos…
la mayoría de los cuales nunca sucedieron”.

Esta reflexión del famoso escritor estadounidense es una manera amable de recordarnos que nuestros sentimientos y emociones pueden activarse independientemente de la realidad que nos rodea.

En el boletín anterior analizamos, específicamente, el miedo.

Como vimos, nuestra reacción de miedo se activa por igual, ya sea si estamos frente a un peligro concreto -como un perro gruñendo a la espalda- o frente a imágenes, palabras y pensamientos -que solo existen en nuestra mente-.

Tomemos, por ejemplo, discutir de nuestra realidad política con otra persona. Si lo que dice el otro activa en ti la anticipación de una amenaza, tu mecanismo de sobrevivencia y autoprotección se detona.

Lo mismo pasa cuando lees algo en las redes sociales que percibes como una amenaza: reaccionas con enojo.

Es muy probable que en ambas situaciones no te encuentres de cara a un peligro real inminente, sino frente a una percepción que en ese momento existe solo en tu cabeza.

No importa, la respuesta fisiológica y la experiencia que vives es la misma.

Y con ella, se dispara tu reacción frente a la “amenaza”:

… luchar (intolerancia y enojo frente “al otro”);

… huir (ya no quieres saber lo que pasa, evitas los temas “espinosos”, dejas de expresar tu punto de vista);

… o paralizarte (te dejas invadir por la ansiedad y el miedo de lo que el futuro depara).

Y frente al bombardeo de noticias inquietantes, la incertidumbre frente al cambio, y el furor que corre por las redes sociales, puedes quedar atrapado en un círculo vicioso que sigue está fórmula:

1.- Escuchas o lees algo que amenaza tu postura, tu punto de vista, tu seguridad.

2.- Sin darte cuenta, se activa una respuesta fisiológica de miedo.

3.- Esto activa tu reacción frente a la amenaza: luchas, huyes o te paralizas.

4.- Lo cual promueve más pensamientos de amenaza y preocupación.

Y cuando esto sucede, la preocupación constante te gobierna.

Te vuelves impaciente, irritable, intolerante.

Incluso tu salud sufre: tienes dificultad para conciliar o mantener el sueño, pierdes el apetito…

Al tiempo que tus mejores capacidades disminuyen: inteligencia, sensibilidad, empatía, habilidad para tomar riesgos… disposición a amar…

Y todo esto, como diría Mark Twain: “por amenazas que nunca sucedieron”. ¡Qué ironía!

Entonces, ¿tu única salida es seguir pagando este precio tan alto?

Por supuesto que NO.